«Sin dolor no hay recompensa»: un mito dañino e inexacto
La frase «sin dolor no hay recompensa» mezcla dos sensaciones completamente distintas: el escozor por la acumulación de metabolitos en el músculo que trabaja (algo normal, incluso útil para el crecimiento) y el dolor real, agudo, punzante, localizado en una articulación o un tendón (una señal de alarma que conviene respetar). El problema es que a muchos principiantes se les enseña a aguantar cualquier dolor como prueba de que el entrenamiento es «de verdad».
El escozor hacia el final de una serie viene de la acidificación y la acumulación de metabolitos como el lactato; de hecho, es uno de los mecanismos que impulsan el crecimiento a través del estrés celular. El dolor agudo en una rodilla, un hombro o la zona lumbar durante un movimiento, en cambio, suele indicar un fallo técnico, una sobrecarga articular o una lesión ligamentosa, y arriesga una lesión que puede dejarte meses fuera.
Una buena regla general: escozor muscular al final de una serie, sin problema. Dolor agudo en una articulación, para. Aprender a distinguir estas dos señales es una de las habilidades que separan a un atleta experimentado de un principiante.